Sunday, September 25, 2011

En dos segundos

Caminamos por las aceras de las calles apretujadas de gente de todas las formas, colores y tamaños imaginables y sin proponérnoslo los ojos no son órganos que nos sirven únicamente para ver. Se convierten en radares y escáners; o talvez son filtros de cristal acuoso por los que atraviesan y se escurren las personas. No sé hacia dónde van pero ellas desaparecen por las hendiduras y los entrelazados de lo que parece ser una red invisible de luces y sombras que se mueven de manera constante y continua en todas direcciones

De vez en cuando, sin embargo, nuestra red parece atrapar una forma, una silueta y por unos pocos segundos y talvez hasta más, parece retenerla en los hilos de un embeleso, de una mirada que se prolonga más allá de lo usual aprovechando el mismo tipo de impunidad que da el observar a través de unos cristales ahumados.

Son cabellos rizados movidos por el viento, piernas torneadas por un magnífico escultor o delicadas figuras que desafían las leyes físicas del equilibrio, no sé, no podría enumerarlas todas pero sí sé que es algo que ocurre de manera automática, sin pensarlo, sin importar qué tan distraído podamos estar por otras cosas.

Sólo bastan unos pocos segundos. En esa brevedad de tiempo suponemos que también nosotros nos deslizamos a través de otras redes, otros cedazos se encargarían de darnos el espacio necesario para diluirnos y escaparnos para siempre, aunque no siempre.

Si tenemos suerte -y quién no la tiene por lo menos una vez en su vida-, podemos pensar que alguna que otra mirada nos deberá retener algún instante más de la cuenta, aunque sea uno muy breve. Y nos consuela mucho el imaginar que por haber estado detenidos ahí en ese lugar inescrutable, casi irreal e indescriptible, podamos producir el mismo placer fugaz que sentimos cuando algo se queda en las mallas transparentes de esa red vista desde este lado del cristal.

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