Monday, April 30, 2018

El precio de vivir intensamente

Una idea, unos pensamientos recurrentes se han apoderado de mí los últimos meses y creo que esta es la primera vez que les voy a dar salida por aquí o por cualquier otra parte.

Me he estado preguntando si la intensidad con la que se vive el presente interfiere con la duración o la calidad de la vida que se vivirá en el futuro.

De entrada parece que sí, y como un recordatorio de esto nos enteramos en estos días de la muerte a los 28 años de Avicii un renombrado DJ sueco, quién desde muy joven estuvo aquejado de problemas de salud asociados con su excesivo consumo de alcohol... Tuvo una vida corta pero extremadamente intensa.

Por un lado sabemos que decisiones que tomamos cuando somos jóvenes influyen de manera decisiva en situaciones que afectarán nuestro futuro... Por ejemplo ahí está el fumar. Al momento de una persona comenzar hacerlo en sus 20 o 30 años no se ve la conexión que puede llegar a tener para vivir pasados los 70, suponiendo que algo no se interponga antes en el camino.

Ahora bien, está comprobado que la diferencia de vida entre un fumador y otra persona que no lo sea, sobrepasa los 10 años y habría que cuestionarse si el placer que proporciona el tabaco compensa esta diferencia. No hay que olvidar que el fumador lo hace por gusto: valdrá la pena el gustazo que se da para justificar el hecho de vivir menos años. En todo caso hay que admitir que su vida es más candente.

Desde mi punto de vista la experiencia de vivir el presente cuando se tiene 20 años (o cualquier punto de la vida en relación con un futuro más o menos lejano) está muy remotamente relacionada en el tiempo con las consecuencias futuras del accionar de día a día y eso presenta dificultades existenciales, logísticas que impiden tomar medidas apropiadas cuando todavía se pueden evitar algunas consecuencias nefastas.

Surge la inquietud: hacer esto o lo otro parece divertido, mas, puede al mismo tiempo ser peligroso, a la larga. ¿Y qué tal si no se vive "a la larga"? La vida está llena de azares y nada ni nadie puede asegurar que se llegará a determinada edad sin contratiempos, sin accidentes, etc. Todo entonces se resume a decidir de antemano (consciente o inconscientemente) sobre los riesgos que podemos asumir y tolerar; o dicho de otro modo, de tomar la decisión de cuáles placeres de la vida valen o no la pena vivir con o sin ellos.

¿De dónde viene todo esto? Muy simple: últimamente, con más frecuencia que de costumbre para mi gusto, tengo que decidir si pasarla bien y super-bien ahora, hoy o esta noche, alterando mi conciencia con unas cuantas cervezas, copas de vino, etc., sabiendo de antemano las consecuencias, el precio que deberé pagar el día siguiente que no es otra cosa la mayor parte de las veces que no sentirme 100% bien, la alta probabilidad de tener que usar analgésicos durante todo el día para calmar el dolor de cabeza y en el peor de los casos sentirme como una mierda que no sirve para nada lo que en otras palabras se traduce en perder todo el santo día.

De ahí que yo sienta a veces que mi bienestar de hoy producto de mis excesos sea algo así como un préstamo por adelantado, que le estoy cogiendo prestado al futuro y por ese placer y bienestar potenciado del ahora o del hoy tarde o temprano deberé pagar un precio muy caro.

Para todo hay una expresión y el argot popular (cliché) describe esto de esta manera: "un gustazo, un trancazo". Usualmente viene a colación luego que el hecho está consumado y no se puede volver atrás. Ocurre que luego de unos cuantos trancazos uno se cuestiona si vale la pena el gustazo... Lo bueno de todo esto (si es que hay algo bueno) es que de antemano uno escoge los trancazos y sabe el precio que va a pagar por adelantado (no hay sorpresas) y así 'duele' un poquito menos...

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