Quiero destacar hoy un fenómeno que debido a la naturaleza de mi trabajo vengo observando desde hace unos años. Ocurre que el aparente bienestar del que pudieran gozar una parte de nuestros semejantes, no produce alegría en algunos de nuestros interlocutores. En su lugar, ver que los demás tienen cosas que nosotros no tenemos, provoca en muchos de nosotros bastante resentimiento y pesar. Sobretodo si esas cosas provienen de programas sociales estatales dirigidos a corregir alguna que otra anomalía en la distribución de las riquezas. Una y otra vez recibo las quejas de personas que me comentan el hecho de que fulana de tal (casi siempre son mujeres) no trabajó en este país y sin embargo recibe asistencia estatal para todo: cupones de alimentos, seguro médico completo de manera gratuita y también las ayudas para el pago del alquiler de la vivienda que reciben algunas familias pobres.
Estas lamentaciones casi siempre vienen de personas de mayor poder económico o de estatus social más elevado. Para ellos no se justifica el hecho de que alguien con pocos o menores ingresos pueda disfrutar de esos beneficios. Ellos perciben eso como si los mismos fueran inmerecidos. Los que se quejan piensan que deberían dárselo a ellos en vez de a los menos favorecidos por las circunstancias de la vida. De la manera como ellos lo sienten e interpretan, esos beneficios deberían recibirlo ellos porque han trabajado sin descansar todo el tiempo y por eso se lo merecen. Es como si le estuvieran quitando algo a ellos para dárselo a otras personas que no se lo han ganado y tienen menos mérito.
Lo irónico del caso es que estas personas que se quejan podrían también ser consideradas pobres en términos reales, pero en vez de ellos enfocarse en aquellos que están por encima de su grupo, deciden o encuentran un blanco más fácil en aquellos que están más por debajo en la escala social. También es irónico el que muchas de estos individuos se consideran muy religiosos y sin embargo a la hora de hacer estos juicios se olvidan de proteger a los más desfavorecidos, contrario a las enseñanzas que supuestamente les enseñan las escrituras.
Vale aquí destacar el que muchos de nosotros nos gusta dar limosnas pero no queremos cambiar el limosnero. Queremos dar, siempre y cuando ello no contribuya al cambio de estatus quo, o sea, queremos mantener la jerarquía. Nos gusta mantener el orden de que los que están abajo sigan abajo. No queremos que nos pasen y por eso sufrimos cuando vemos a los demás recibiendo beneficios 'mejores' que los que tenemos.
Demás está decir que esos sentimientos de descontento son muy poderosos y han sido muy bien explotados políticamente en beneficio de otras clases que no les interesa llamar demasiado la atención hacia sí mismas. Esa estrategia les ha dado muy buenos resultados.
