Thursday, May 6, 2010

Icebergs

Normalmente no es frecuente el pensar que detrás de los simples intercambios de palabras con los que tratamos de comunicamos todos los días pudieran existir montañas de sentimientos escondidos bajo su superficie. Sin embargo ello es así y el problema que presentan es que a simple vista no son visibles para los ojos comunes y hasta les son un poco difícil de detectar aún para aquellos observadores más adiestrados en esos menesteres. Hay que mirar y mirar bien en detalle eso que nos dicen pues detrás pueden ocultarse innumerables emociones que para el testigo ingenuo no son fácilmente reconocibles.

Y no lo son porque ese observador no quiera reconocerlas sino porque quizás él también esté preocupado por sus propias emociones, las cuales tampoco son tan evidentes para terceros y las que en su intento por mitigarlas pareciera que dejara de prestar la atención debida a la carga emocional subyacente en las expresiones que vienen en sentido contrario.

Y el resultado no puede ser más brutal. Es como asestar una puñalada. Es el diálogo de sordos del que se oye hablar con frecuencia. Sólo lo entiendes cuando te lo dicen y eres parte presencial. Algo se quiebra y se rompe por dentro de la otra persona para sorpresa de ésa que observa que no sabe a que se debe tal resquebrajamiento. ¿Quién le iba a decir a ese observador que al igual que icebergs esas palabras eran la manifestación de una emoción muy profunda y poderosa?

Parecería algo complicado pero no lo es, pues una vez se descubre la parte no visible entonces las palabras cobran nuevo significado y se responde acorde con ese nuevo significado y pasan a un segundo plano todas aquellas respuestas defensivas anteriores. Nuevos intercambios son necesarios para tratar de integrar y recuperar esas áreas desconocidas.

Creo que todo este preámbulo era necesario para relatar la experiencia de alguien quien se sentía en la obligación de agradecer repetidamente favores recibidos y la persona que debía ser la recipiente de esos agradecimientos se resistía tercamente a aceptarlos pues ella consideraba que esa era su obligación y que como tal no merecía ninguna consideración especial. Hay que señalar en defensa de esa segunda persona que ella creció en un ambiente en el que supuestamente las personas deberían hacer siempre lo correcto y que por hacerlo ellas no deberían ser premiadas o recibir otra recompensa que no fuera el sentimiento que produce hacer lo que se considera es apropiado.

2 comments:

Sheila said...

Buen tema para reflexionar. Se puede aplicar a múltiples situaciones, no sólo la que expresaste. Esa parte del iceberg que no se ve puede ser consciente, pero que debemos acallar porque "no es prudente" expresarlas, o puede ser inconsciente, sin percatarnos qué nos motiva a actuar, sentir o decir ciertas cosas. La cultura nos ha construido de un modo tal que es más lo que no expresamos con palabras que lo que decimos con ellas.

Abrazos, Fernando.

Fernando said...

Me encantó porque es totalmente cierto: es más lo que no expresamos con palabras que lo que decimos con ellas.

Un beso, Sheila.